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Por Juan Miguel Espinoza Portocarrero, Departamento de Teología, Pontificia Universidad Católica del Perú.

La Iglesia, en tanto pueblo de Dios en el mundo, ha sido afectada por el impacto global del coronavirus. Hemos sido testigos de la muerte de sacerdotes, religiosas, laicos/as, así como la prohibición de celebrar comunitariamente la liturgia. Nos ha tocado pasar la Semana Santa aislados en nuestras casas e imposibilitados de vivir la intensidad devocional de estos días. Sin embargo, en sintonía con el resto de la humanidad, estamos desafiados a ir más allá de este dolor y reflexionar sobre el sentido profundo de este tiempo de pandemia. Eso implica volver al núcleo de nuestra fe y discernir cómo Dios se hace presente en estos acontecimientos.

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Como cristianos, hemos de reconocer en la pandemia un “signo de los tiempos” que exige recrear las formas en que somos Iglesia y en que encarnamos el Evangelio. Esto se dice fácil, pero la verdad estamos ante una cuestión donde no existen recetas predeterminadas. Al estar ante circunstancias inéditas en nuestra historia, estamos exigidos de responder con fidelidad creativa y audacia pastoral. Sin embargo, debemos ser precavidos de no caer en la actitud de quienes creen estar “inventando la pólvora”. Nuestra tradición, como cuerpo vivo fundado en Cristo y enriquecido por las generaciones de cristianos que nos precedieron, cuenta con recursos para orientarnos en la difícil tarea de navegar por esta crisis, sin por ello ser ciegos a la radical novedad que emerge ante nuestros ojos.

En esta perspectiva, la tradición bíblica leída desde el momento presente puede darnos pistas para la pregunta en juego. Para el pueblo de Israel, su experiencia “fundante” fue el exilio en Babilonia durante el siglo VI a.C. La ciudad santa de Jerusalén fue saqueada, el templo de YHWH destruido y las élites del reino de Judá deportadas a la capital del enemigo. Nobles, sacerdotes, intelectuales y artesanos fueron despojados de sus posiciones de poder y forzados a reinsertarse en una sociedad extranjera como ciudadanos de segunda clase. Aquellos que eran gente importante en su nación, tuvieron que experimentar la humillación.

El tocar fondo hizo que los exiliados, provenientes de los círculos de poder, se dieran cuenta de que su confianza estaba puesta en “falsas seguridades”, en su egocentrismo. Por décadas habían cerrado sus oídos a las denuncias de los profetas, que denunciaban una práctica religiosa llena de hipocresía y una vida institucional repleta de abusos contra los insignificantes. Pensaron que eran omnipotentes. Al tocarles estar en el lado de los oprimidos, recordaron su vulnerabilidad y su interdependencia de Dios y del pueblo. Fue entonces que volvieron a lo esencial: recordaron que eran una nación elegida por YHWH para anunciar la salvación a todas las demás naciones. Dios los había liberado de la esclavitud en Egipto y se había comprometido a amarlos incondicionalmente en el marco de una relación inquebrantable.

Así como los judíos en el exilio, la Iglesia católica ante la pandemia está llamada a examinarse a sí misma. Nuestra tradición está tan centrada en el culto que hoy nos cuesta mucho no tener liturgias presenciales y ayunar de la comunión eucarística. Retomando el símil con el exilio babilónico, esta comunidad también se vio impedida de dar culto a YHWH de la manera tradicional. Al ser el Templo de Jerusalén destruido, esa dimensión de la religiosidad judía fue bloqueada. Sin embargo, ante esta ausencia, redescubrieron el mensaje revelado por Dios y la historia de su relación con Él. Más aún, decidieron ponerlo por escrito para que los ayudase a sanar sus heridas, reconciliarse con su pasado y convertir el desarraigo en esperanza. El corazón de la Biblia hebrea adquirió forma durante este tiempo de prueba. Ante la imposibilidad de ir al Templo, estos creyentes recentraron su experiencia de fe en la Palabra de Dios.

Recentrar la vida de fe en la Palabra es reconocer que nuestras experiencias también son lugar donde Dios se nos da a conocer y nos llama a colaborar en su misión. Pero hemos de estar atentos para abrazar su presencia salvífica en lugares inesperados. Le pasó al profeta Ezequiel, uno de los judíos cautivos en Babilonia. Acostumbrado a restringir la presencia divina al Templo de Jerusalén, la gloria de YHWH se le apareció en el país de Babilonia, concretamente en el barrio donde vivía con otros exiliados junto al río Quebar (Ez. 1: 1-28). Dios se desplazó hacia los márgenes, abandonando la ciudad santa de Jerusalén, para acompañar a su pueblo sufriente.

El testimonio de Ezequiel nos marca dónde debemos situarnos como Iglesia ante la pandemia. Es admirable la creatividad desplegada para sostener el culto y la oración comunitaria por medio de plataformas virtuales. Sin embargo, estoy convencido que la realidad que vivimos nos interpela a proclamar la presencia viva de Dios en todos aquellos que están arriesgando sus vidas para proteger a los vulnerables. Como Iglesia, en varias partes del mundo, estamos sumando a estos esfuerzos. Varios hermanos nuestros están en la primera fila de la batalla contra el coronavirus y las oficinas de Cáritas están contribuyendo a mitigar los efectos de la crisis entre los más pobres.

También, quienes están recluidos en sus casas, pueden participar de este testimonio de una “Iglesia servidora”, expresando solidaridad en gestos cotidianos como dar de comer al hambriento, estar en contacto (virtual) con quienes están solos, auxiliando al vecino adulto mayor, en general, solidarizándose con las historias de aquellos que tienen necesidades tan apremiantes y básicas, que atender la misa es lo último en lo que están pensando. Monseñor Carlos Castillo, arzobispo de Lima, ha dicho que, en medio de la pandemia, Dios nos está convocando a “pasar de un cristianismo de costumbres a uno de testigos”. En efecto, de eso se trata.

Fuente: Instituto Bartolomé de las Casas

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