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Entrevista realizada por Beatriz García Blasco
Comunicadora del Centro Amazónico de Antropología y Aplicación Práctica (CAAAP).

La crisis sanitaria originada por el coronavirus también llegó a la región Panamazónica pese a que muchos pueblos indígenas cerraron el ingreso a sus comunidades como medidas de protección. A día de hoy, el número de infectados y víctimas mortales va en aumento, incluso entre las poblaciones que viven en aislamiento.

Este panorama fue analizado por Mauricio López, secretario ejecutivo de la Red Eclesial Panamazónica (REPAM), quien brindó una entrevista a la revista Ecclesia sobre cómo está actuando la Iglesia en la Amazonía para asistir a quienes más lo necesitan y de qué manera coordinan con las autoridades en la toma de decisiones por salvaguardar la vida.

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—Los casos de COVID-19 en la Panamazonía ya se cuentan por miles. ¿Cómo afronta la Amazonía en general esta situación?
—Hasta el 19 de abril, según los registros que hace la REPAM, se llegó a más de 6.700 contagiados y más de 350 muertos en la cuenca amazónica. Pero el modo de registro y divulgación de esa información es distinta en cada país. Hay denuncias de que no se está registrando adecuadamente, sobre todo en el caso de Brasil, donde hay una fuerte presión por la falta de información clara y fidedigna y hemos visto cómo el Gobierno, de una manera casi criminal, se opone a que se tomen las medidas recomendadas por la OMS. Esto va a traer una situación insostenible para la Amazonía. Además, un común denominador es una falta de estructura sanitaria adecuada, de salud en general. En las ciudades amazónicas, que evidentemente las hay, los sistemas ya están colapsados y faltan insumos.

—¿Cuáles son los riesgos para esas poblaciones?
—El riesgo más alto es que se dé una expansión del contagio comunitario y que, incluso, ingrese en los territorios de aquellos que tienen menos resistencia epidemiológica, sobre todo los de más reciente contacto y que, ante la falta de condiciones, haya un contagio indefendible e imparable. Ya hay casos en comunidades con relativo aislamiento, como el pueblo Yanomami, y en otros lugares. Se han dado por la relación que hay con algunas ciudades o por los mismos miembros de la comunidad, que entran y salen. Es una pésima noticia. En otros casos muchas acciones extractivas, ilegales o legales, se están intensificando aprovechando el aislamiento de las familias. Esto pone en riesgo a los trabajadores, pero también a la población con aislamiento relativo cuyo único contacto posible con el virus es a través de estas actividades en su territorio. Es una situación seria y preocupante.

El motor que impulsa la deforestación en la Amazonia es la explotación de su inmensa riqueza.

—¿Y cómo la afronta la Iglesia Amazónica?
—A pesar de la fragilidad que se expresó en el proceso del Sínodo Amazónico, hay una gran entrega, un compromiso enorme de una Iglesia que es profundamente misionera. Inmediatamente se están dando respuestas. Desde el nivel más local, a través de la acción de las Cáritas locales que tienen una vocación de asistencia humanitaria, por tradición. En cierta forma, esto permite mitigar el impacto para algunas familias porque muchas comunidades viven del día a día, del trabajo cotidiano, y se les han cerrado los mercados. Están haciendo una tarea heroica. Además, al menos dos obispos de la Amazonía han sido contagiados. No se ha parado de buscar caminos para responder también a través de instituciones especializadas, como el Consejo Indigenista Misionero en Brasil o el Centro Amazónico de Antropología y Aplicación Práctica, en Perú, y las conferencias episcopales nacionales. También la REPAM realizando acciones de complemento porque nuestra función, como red, es subsidiaria.

—¿Cómo interpretan la enfermedad los pueblos indígenas?
—La interpretación es muy diversa, pues son casi 400 pueblos originarios en la Amazonía. Creo que en la mayoría de los casos, para quienes mantienen una relación con su propia identidad cultural, la noción de enfermedad es más como una situación indeseable causada por un actuar indeseable, ya sea de generaciones anteriores o por los propios pobladores, o quizás alguien, un enemigo, que les desea el mal y está causando esto. Por eso, también ellos tienen sus modos y costumbres y, en algunos casos, se están adentrando en la selva como estrategia para aislarse y protegerse. Creo que lo más claro es que asocian esta enfermedad con una más de las cosas que ha traído la sociedad occidental, que los han impactado y afectado negativamente porque, es evidente, ellos interactúan con las sociedades occidentales, a las que también valoran en relación a la medicina, a la infraestructura y lo que podría llamarse cierta visión de desarrollo que dialoga con su Buen Vivir. En cierta manera se sienten más vulnerables y víctimas de situaciones que vienen de fuera, que no son endógenas de sus comunidades.

Cáritas de Madre de Dios continúa ayudando a las familias más necesitadas durante la cuarentena nacional.

—¿Se ve la pandemia como un castigo de Dios?
—La pandemia tiene razones que, si bien no están absolutamente claras, la ciencia irá dilucidando. Es muy importante decir que la noción de Dios, para los creyentes cristianos, tiene que ser asociada con el mensaje de la vida propia del proyecto de Jesús. La presencia de Dios no evita los males, sino que hace presencia encarnada a pesar de los males, se compromete con los que más sufren, acompaña la realidad y hace todo lo posible por transformar la situación que puede estar asociada, en este caso, con condiciones estructurales de desigualdad e inequidad. Siendo las regiones más ricas, de las cuales se extraen muchas materias primas de las que vivimos, es donde muy poco se ha hecho para cambiar la situación. El impacto de la pandemia en estas comunidades es consecuencia de un pecado estructural y Dios, como presencia actuante, lo que quiere es que se cambie esa realidad. Comienza por atender a quienes están enfermos, muriendo, y buscar una manera de dar marcha atrás en esta situación de desigualdad, porque es un Dios que ama irreversiblemente a sus hijos e hijas y, a los más vulnerables, a los más pequeños, les llaman bienaventurados.

—¿Qué hacen los Estados para proteger a los pueblos amazónicos?
—Vemos una sistemática incapacidad o irresponsabilidad de priorizar la situación de defensa de la vida. En el caso de Brasil y, en menor medida Colombia, su decisión de proteger los intereses económicos. En los otros países, con Perú, Ecuador y Bolivia, la razón es distinta. La situación ha sobrepasado a la capacidad de responder, pero hay una intencionalidad clara de hacerlo frontalmente contra la pandemia. Luego hay situaciones particulares, como la de Venezuela, donde vemos una negación de cualquier tipo de narrativa que sea común al resto y donde se están escondiendo los números reales o manejando un sistema de registro que no permite ver la situación en su mayor gravedad. Lo más serio, y no es cuestión de ideologías, porque lo vemos con Bolsonaro y con Maduro, es que se está promoviendo la continuidad o expansión de acciones extractivas en territorios indígenas o reservas naturales.

Pueblos amazónicos son los más vulnerables.

—En la Amazonía también hay pueblos en aislamiento. ¿Son los más vulnerables o, en esta coyuntura, quizás sean los más protegidos?
—Tenemos que ser drásticos en respetar el principio de no contacto y, para eso, se tienen que respetar sus territorios porque muchas de las acciones extractivas, legales o ilegales, están afectando su vida y su territorio. Ahí hay un rostro concreto de Dios, con toda una noción de vida, de mundo y de realidad distinta a nosotros. No es peor ni mejor, solo otra, que tiene que ser reconocida y abrazada. Y hacernos la pregunta: ¿Quiénes son los más vulnerables a los que Jesús pondría como prioridad en el respeto profundo? Son ellos. Insisto en la necesidad de marcos jurídicos que los protejan y su libertad para el no contacto pero, también, donde hay situaciones de interacción, buscar mecanismos culturalmente apropiados de diálogo para conseguir que se respete su identidad evitando la violencia.

—Sobre el fruto del Sínodo Amazónico que regaló el Papa Francisco, la exhortación «Querida Amazonía», ¿qué valoración hace?
—Es una expresión esperanzadora del deseo del Papa de hacer una opción de Iglesia por este territorio. Además, es una carta de amor, un reconocer en sus sueños particulares la necesidad de que la sociedad y la Iglesia cambien y busquen otros modos de responder a esta realidad respetando su belleza, su diversidad, pero atendiendo sus gritos. El regalo es que respeta y acoge todo un programa que surgió de un proceso de escucha con al menos 87.000 personas cuya voz trascendió. Hay un antes y un después para la sinodalidad de la Iglesia y para la noción de territorio, pues el Papa reafirma el territorio amazónico como lugar teológico donde acontece la vida. Ahora viene la etapa más importante, de honrar las voces que nos han dado como semillas para que esto dé vida en abundancia.

Papa Francisco en el Sínodo de la Panamazonía, celebrado en Roma, en octubre de 2019.

—En marzo el Papa constituyó la Comisión de Expertos que continuará analizando el papel de la mujer en la Iglesia. ¿Qué sensación le produce esta noticia?
—Creo que es uno de los grandes vacíos que experimentamos en el proceso sinodal, aunque hubo presencias y experiencias inéditas: el mayor número de mujeres en un espacio sinodal, mujeres de distintos sitios y experiencias del propio territorio, expertas, invitadas de alto nivel de Naciones Unidas, auditoras religiosas con experiencia, lideresas indígena… Creo que es un tema muy complejo, es una deuda de este Sínodo, pero se notaba en el aula sinodal que no estaban las condiciones dadas. Esto es una mirada muy personal. Al entrar en este tema tan urgente, lo que se sentía eran polos opuestos, en tensión, en una disputa por imponer su visión. Ambos extremos, pienso yo, tuvieron responsabilidad. Pero el Papa se hizo eco y dijo: Aquí nos hemos quedado cortos. Y se comprometió a retomar esta comisión, lo cual ya ha hecho. Creo que es un poco sorpresivo y triste que no se haya incorporado a nadie que haya venido del proceso sinodal amazónico, donde se había dado este diálogo tan rico y desde donde se podían haber dado aportes significativos en esta temática. Como sabemos, en la Amazonía, si no fuera por la presencia de la mujer, por su capacidad de entrega, sean ellas religiosas o laicas, quizás no existiría experiencia eclesial del todo.

Fuente: Revista Ecclesia

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