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Jr. Estados Unidos 838. Jesús María.
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  • Comentario de la Semana [22 de junio – 26 de junio]

Decía Jesús: «El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, les aseguro.» El Señor envió a sus discípulos a predicar el Evangelio, pero no los envió solos, los acompañaba el Espíritu Santo; no los envió desprotegidos, ofreció recompensar a quien los acoja, premiando inclusive el más insignificante gesto de bondad para con ellos. Dios, es un Dios agradecido.

“La gratitud, es la memoria del corazón”, decía una santa. En efecto, Cristo elogió ante la multitud al leproso que volvió para agradecer después de haber sido curado. Los otros nueve no volvieron, lo olvidaron; revelando así, la sombra de la ingratitud que cubre y, a veces, ahoga el corazón humano. Sin embargo, existe la incapacidad de gratitud en aquellos que olvidan la ayuda recibida, y creen que se lo merecían; aquellos que se atribuyen por completo a sí mismos los beneficios que obtienen y omiten reconocer lo que aportaron los demás para lograrlo.

Decía San Juan Pablo II: “Recuerden el pasado con gratitud, vivan el presente con entusiasmo y miren hacia el futuro con confianza”. Mirar hacia atrás solo con nostalgia, entristece; mirarlo con gratitud reconforta. Transcurrir el presente entre quejas y críticas, debilita; verlo con entusiasmo, enciende la acción. Temer por la incertidumbre del futuro, paraliza; soñarlo con confianza, abre a la esperanza.

«La gratitud no solo es la más grande de las virtudes, sino que engendra a todas las demás», escribía Cicerón. Y dos milenios después J. Kennedy completaba esta idea diciendo: “Siempre hay que encontrar el tiempo para agradecer a las personas que hacen una diferencia en nuestras vidas”. Por eso, seamos gentiles, leales y siempre agradecidos a Dios y a tu prójimo.

R. P. Guillermo Inca Pereda,
Secretario Adjunto de la Conferencia Episcopal Peruana

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