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En el santuario del Señor de Muruhuay, el arzobispo emérito de Trujillo, Mons. Miguel Cabrejos, presidió la Eucaristía central junto al obispo de Tarma, ante miles de peregrinos que renovaron su fe en el Cristo de la Roca.

En el inicio del mes jubilar por la Solemnidad del Señor de Muruhuay, miles de fieles se congregaron en el santuario ubicado en el cerro Shalacoto, en Acobamba (Tarma, Junín), a más de 3600 metros sobre el nivel del mar, para participar de la Santa Misa central. Esta celebración, profundamente arraigada en la fe del pueblo andino, tiene su origen en el siglo XIX, cuando, según la tradición, la imagen de Cristo Crucificado apareció de manera milagrosa sobre una roca en medio de una epidemia, convirtiéndose desde entonces en signo de consuelo, sanación y esperanza.

La Eucaristía fue presidida por Mons. Miguel Cabrejos Vidarte, O.F.M., arzobispo emérito de Trujillo, y concelebrada por Mons. Timoteo Solórzano Rojas, M.S.C., obispo de Tarma, junto a sacerdotes de la diócesis y peregrinos provenientes de distintas regiones del país.

Durante su homilía, Mons. Cabrejos centró su reflexión en el misterio de Cristo, el “Cristo de la Roca”, explicando que su pasión y muerte no son el final, sino el paso hacia la vida nueva. Subrayó que Dios, en su amor, asume la fragilidad humana para restaurarla, uniendo en Jesucristo la naturaleza divina y la humana sin perder su identidad, en un acto de cercanía radical con la humanidad.

Dios asume la humildad, la debilidad y la mortalidad humana para restaurar nuestra vida, uniendo en Cristo lo divino y lo humano.

En esa línea, explicó que la Encarnación revela a un Dios que se hace verdaderamente hombre, compartiendo plenamente la condición humana para redimirla. Esta realidad invita a los fieles a mirar a Cristo crucificado como presencia viva en medio del sufrimiento actual, reconociendo en Él el rostro de quienes padecen hoy diversas formas de dolor y exclusión.

Al contemplar a Cristo crucificado, reconocemos en Él el sufrimiento de la humanidad y somos llamados a no ser indiferentes ante el dolor.

El arzobispo emérito exhortó a identificar los rostros concretos del Vía Crucis contemporáneo: los enfermos que enfrentan la fragilidad y el miedo, los migrantes que viven el desarraigo, las familias afectadas por la violencia, así como los ancianos, niños y personas en situación de abandono. Frente a estas realidades, insistió en que la fe cristiana no puede permanecer pasiva, sino que debe traducirse en solidaridad concreta y compromiso con el prójimo.

La cruz, camino de entrega y plenitud

Profundizando en el sentido de la cruz, Mons. Cabrejos explicó que el Evangelio propone una lógica contraria al egoísmo: quien se aferra a su propia vida termina perdiéndola, mientras que quien la entrega por amor la convierte en fuente de vida, paz y plenitud. De este modo, destacó que la donación y el servicio a los demás no solo responden a una exigencia moral, sino que tienen un valor profundamente transformador.

Quien se aferra a su propia vida la pierde, pero quien la entrega por amor la transforma en fuente de paz, vida y verdadera felicidad.

Asimismo, recordó que la cruz es también escuela de virtudes, donde se manifiestan el amor llevado hasta el extremo, la humildad, la obediencia confiada a la voluntad de Dios y el desapego de lo material. Estos rasgos delinean el camino del discípulo, llamado a vivir una fe coherente y comprometida con la realidad.

Tenemos que ser solidarios, responsables y sensibles; que el sufrimiento de los demás toque nuestra carne y nos impulse a actuar juntos.

En este horizonte, animó a los fieles a caminar según las enseñanzas de Cristo, confiando en la promesa de participar también de su vida y de su gloria. La vida cristiana, indicó, se construye desde la cercanía con Dios y se expresa en la fraternidad concreta, capaz de transformar el dolor en esperanza y en bien para quienes más lo necesitan.

Expresión de fe, cultura y fraternidad

Tras la celebración eucarística, la jornada continuó con expresiones culturales profundamente vinculadas a esta festividad. Destacaron la Tunantada y la Chonguinada, danzas emblemáticas de la región que combinan elegancia, identidad y una fina mofa histórica, como forma de rendir homenaje al Señor de Muruhuay. Estas manifestaciones reflejan la riqueza cultural del pueblo tarmeño y su manera de expresar la fe a través del arte y la tradición.

Asimismo, en un ambiente de fraternidad, se ofreció un almuerzo comunitario a los cerca de 2000 fieles que participaron en la Santa Misa, quienes compartieron el tradicional plato de patasca, fortaleciendo los lazos de comunión y acogida.

Aunque la fecha central es el 3 de mayo, la festividad del Señor de Muruhuay se prolonga durante todo el mes. Es considerada una de las festividades religiosas más extensas y significativas del Perú. Año tras año, miles de peregrinos ascienden hasta el santuario para encontrarse con el Cristo de la Roca, llevando consigo sus intenciones, agradecimientos y esperanzas.

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