En un clima de fraternidad y espíritu eclesial, se desarrolla en la capital el Encuentro Nacional de Equipos Diocesanos Sinodales, una cita clave que consolida la fase de implementación del Sínodo de la Sinodalidad en el Perú. La Misa de Acción de Gracias del segundo día de esta jornada fue presidida por Monseñor Edinson Farfán Córdova, OSA, Obispo de Chiclayo y Coordinador de la Comisión Nacional del Sínodo, quien ofreció una contundente homilía sobre el desafío de encarnar la sinodalidad en las estructuras locales.
La celebración eucarística fue una expresión viva de la comunión episcopal peruana. Concelebraron junto al prelado, Monseñor Jorge Izaguirre Rafael, Obispo de Chosica y Primer Vicepresidente de la Conferencia Episcopal Peruana (CEP), y Monseñor Richard Alarcón Urrutia, Arzobispo del Cusco.
Asimismo, participaron activamente numerosos pastores de diversas jurisdicciones, entre ellos los Arzobispo de Huancayo, los obispos de las diócesis de Chulucanas, Huancavelica, Cajamarca, Chachapoyas, Ica, San Ramón y de la prelatura de Huamachuco, así como el Padre Guillermo Inca, Secretario General Adjunto de la CEP, junto a delegaciones de sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos de todo el país.

Un Kairós del Espíritu
Al iniciar su homilía, Monseñor Farfán saludó fraternalmente a sus hermanos en el episcopado y a todo el pueblo fiel, subrayando que este encuentro no es una reunión técnica, sino un tiempo de gracia. “Nos reúne una convicción profunda: la Iglesia está viviendo un tiempo de gracia. Estamos ante un kairós del Espíritu, un momento en el que Dios nos invita a redescubrir la esencia misma de ser Iglesia”, afirmó.
Basándose en el libro del Deuteronomio, el Obispo de Chiclayo recordó que la identidad del Pueblo de Dios nace de una doble elección: Dios nos elige y nosotros respondemos. “Aquí se encuentra el fundamento de toda experiencia sinodal. La Iglesia no se construye desde voluntades aisladas ni desde iniciativas individuales. Surge de una alianza. Somos un pueblo convocado, es el Señor quien ha tomado la iniciativa, Él nos ha elegido”.
En este contexto, fue enfático al señalar que la fase de implementación no es una simple aplicación de conclusiones programáticas, sino la encarnación concreta de la vocación de vivir como pueblo santo en medio del mundo, siempre al servicio de la misión y la evangelización.

La Escucha: el antídoto contra las ideologías
Un eje central de su mensaje fue la urgencia de la escucha. Citando nuevamente el Deuteronomio (“Escucha su voz”), Monseñor Farfán explicó que escuchar es mucho más que oír; implica una apertura interior y humildad eclesial que conduce a la conversión personal, comunitaria, pastoral y eclesial.
“Sin escucha no hay sinodalidad. Donde falta la escucha, surgen ideologías; donde se cultiva la escucha, florece el diálogo y el discernimiento”, advirtió. Por ello, instó a los equipos diocesanos a custodiar esta actitud como un tesoro, pues el éxito de la implementación dependerá de la capacidad de la Iglesia para dejarse conducir por la luz del Espíritu Santo.
Sobre la imagen de “caminar juntos”, el coordinador nacional del Sínodo recordó que nadie posee la totalidad de la verdad. Explicó que la sinodalidad no diluye las identidades de obispos, sacerdotes, consagrados o laicos, sino que las armoniza bajo la guía del Espíritu Santo. “La implementación del Sínodo será auténtica en la medida en que fortalezca la comunión, la participación y la corresponsabilidad ministerial”, puntualizó.
Vinculando el proceso con el Evangelio de Mateo (“Amen a sus enemigos… sean perfectos”), recordó que la sinodalidad es una “escuela de conversión” que exige superar desconfianzas, sanar heridas y mirar con misericordia. “No hay sinodalidad sin caridad. La madurez sinodal se mide por la calidad del amor eclesial”, añadió, invitando a todos a reflexionar sobre la importancia de la santidad comunitaria.

El desafío de la encarnación: “¿Y ahora qué?”
Abordando la inquietud generalizada sobre el futuro del proceso, Monseñor Farfán respondió a la pregunta “¿Y ahora qué?”: “Toca la fase de la implementación. Toda experiencia eclesial encuentra su verdad en la encarnación. Hemos reflexionado, discernido, dialogado. Ahora se nos pide encarnar en las diócesis, en las parroquias, en las estructuras pastorales, en los procesos formativos, fortalecer nuestros planes pastorales”.
Fue tajante al declarar que “la implementación no es repetir discursos sinodales, sino generar prácticas sinodales”, lo cual exige una “paciencia histórica” y fidelidad al Espíritu, quien es el verdadero protagonista del Sínodo. “Nuestra tarea no es sustituir al Espíritu, sino colaborar con Él”, subrayó.
Nadie se salva solo
Finalmente, Monseñor Farfán utilizó la imagen de la barca para recordar que no existen “Iglesias paralelas”. “Estamos en la misma barca, atravesando juntos las tempestades de la historia. Esta conciencia nos libra de dos tentaciones: el protagonismo y el desánimo. Nadie salva solo la barca, pero tampoco nadie está solo en ella. El Señor está en medio”.
Concluyó pidiendo tres gracias específicas: un corazón que sepa escuchar, una mirada que sepa discernir y una voluntad que sepa caminar con otros. El prelado puso el cierre de su homilía bajo la intercesión de María, Madre de la Iglesia, y de los grandes santos peruanos: Santo Toribio de Mogrovejo, San Martín de Porres, Santa Rosa de Lima, San Francisco Solano y San Juan Macías, pidiéndoles que nos enseñen a ser “discípulos y misioneros en salida”.
